Ascensión Del Señor, Año B

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Hombres de Galilea, ¿por qué siguen mirando al cielo? Este Jesús, que les sido quitado y elevado al Cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto partir. Aleluya” (Hch1, 11).

Junto con vivir comprometidos con la tierra, estamos llamados a mirar fijamente a nuestro prójimo y al cielo, a orientar la atención, el pensamiento y el corazón hacia la bondad de Dios en quién nos hacemos cargo unos de otros aquí y ahora.

Eso es el mensaje de esta Ascensión de Jesús al cielo. Es un mensaje de la esperanza. Una esperanza activa y comprometida que no se deja engañar por falsas promesas que tantas veces nos hacen.

Celebrar este domingo la Ascensión de Jesús implica renovar nuestra fe en Dios cuya plenitud nos llena de vida plena. Fe en el Reino de Dios, es decir en la realización de todo lo bueno, lo justo, lo verdadero, lo digno que alimenta nuestra unión con Dios y con los hermanos/as. Ese reinado de Dios, aunque ya lo vivimos aquí y ahora, no se agota en nuestras acciones terrenales. Y no se puede cumplir sin nuestro compromiso con este mundo. Por eso, el autor de los Hechos de los apóstoles nos dice: “recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre Ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en Judea, (en la Robert Kennedy, en Cerrillos, en Maipú, Mendoza, en Lota, en Calama, en villa Francia, etc.,…) hasta los confines de la tierra.

Si somos cristianos es que no podemos vivir sino de la esperanza y en la esperanza. Y ¿en qué consiste nuestra esperanza? En que la vida presente puede ser transformada hasta alcanzar una realización plena de tal manera que la paz, la justicia, la felicidad, la amistad verdadera sea así de real como posible. Por eso, San Pablo nos insta a vivir con mansedumbre, con humildad conservando la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz… Tal es el mensaje que estamos llamados a anunciar a todo el mundo. Pero, ante que anunciarlo, esforcémonos de vivirlo…

A esto nos invita el evangelio: a ser anunciadores de la Buena noticia y a hacer que todos los pueblos sean discípulos de Jesucristo: “Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 19-20). Nadie puede anunciar auténticamente lo que no vive.

“Vayan al mundo entero” (Mc 16, 15): eso es vivir en toda parte y en todo momento coherente con nuestra fe; puede ser dejando su propia tierra para hacerse presentes en otros lugares para testimoniar de su fe, o siendo ejemplo de fe en la propia realidad, dentro de la misma familia, en el barrio, en el lugar de trabajo o de estudios. En fin, nos toca ser “puente de esperanza” de Jesucristo para nuestros contemporáneos. En eso, es importante el modo como vivimos nuestra fe porque es en y por nosotros que Dios seguirá salvando al mundo con sus habitantes. Por lo tanto, en vez de quedarnos mirando a las nubes esperando a Jesús, pongamos nuestra mano a la obra para ir transformando nuestra realidad para el bien del Reino de Dios: reino de paz, de justicia, de verdad, de justicia, de cercanía fraterna… Rompamos el cascarón del odio, de la desconfianza, de la mentira, de la indiferencia que no nos deja admirar los signos de vida en nuestro entorno. La Ascensión de Jesús nos abre la puerta a tener nuestra mirada enfocada en algo más, porque siempre hay algo más… Agudicemos los sentidos y comprometamos nuestra vida con los demás.

 

Bolivar PALUKU LUKENZANO, a.a