CORPUS CHRISTI, B: Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, alimento para la vida eterna

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Celebramos la fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo, conocida como la fiesta del Corpus Christi. Es un hecho central de nuestra fe cristiana. El misterio del cuerpo y Sangre de Cristo resume y, a la vez, renueva la alianza que Dios ha hecho con nosotros. En cada Eucaristía vivimos este intercambio o encuentro de Dios con los hombres y mujeres. Celebramos el Sacrificio que Jesucristo hizo para salvarnos; pero el mismo sacrificio en el que Cristo se nos ofrece como el alimento de la vida eterna cuando dice: “Tomen y coman esto es mi cuerpo; tomen y beban este es el cáliz de mi sangre”. De esta manera, Jesús nos une por medio de la comunión a su cuerpo y sangre.

En este sacramento de la Eucaristía somos conducidos a vivir en el amor y en la unidad divina. Al comulgar al cuerpo de Cristo nos comprometemos vivir en unión con nuestros semejantes.

En la primera lectura, el libro del Éxodo pone en escena a Moisés como intermediario entre el Dios de la alianza y su pueblo que Él se ha elegido para salvarlo. Para celebrar esta alianza, vínculo de amor, Moisés realiza un sacrificio de sangre en el monte Sinaí donde sella el consentimiento que, él y su pueblo manifiestan a Dios, y aceptan cumplir los mandamientos divinos.

En el evangelio (Mc 14, 12-16. 22-26), Jesús nos invita a comer su cuerpo, como quien nos pide a recibirlo enteramente con sus sentimientos, su divinidad, “sus pensamientos”. Lo cual nos entrena a reconocer su presencia en nuestro interior. Y al darnos a beber su sangre, Jesús nos ofrece una bebida de salvación.

En cada Eucaristía, en cada misa hacemos el memorial de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Revivimos su entrega de amor y nos unimos a su obra de redención como en la última cena. A la vez, esta eucaristía nos unifica en un solo cuerpo.

Si comemos del mismo pan y bebemos del mismo cáliz, formamos un solo cuerpo en Cristo (1Cor. 10). Él es el sumo sacerdote y él mismo es altar, víctima y oferente. Su “sangre purifica nuestra conciencia” (Heb 9, 11ss). Cristo quien nos alimenta con su cuerpo y sangre es “Mediador de un Nueva Alianza entre Dios y los hombres” (Heb 9). En Él somos liberados, purificados y saciados para la vida eterna.

Que la comunión al cuerpo y a la sangre de Cristo nos renueven y nos mantengan unidos a Dios, a nuestros semejantes y a la armonía con el universo. Al alimentarnos de Él, recibamos la fuerza y la luz necesaria para reconocer la presencia viva de Cristo en medio nuestro.

P. Bolivar Paluku Lukenzano, a.a.