Domingo XXVII, B

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LA FAMILIA: UN TALLER DEL AMOR Y UN SEMILLERO DEL REINO…

Cada vez me convenzo que Dios nos ama porque nos hizo con amor. Y quiere que nos mantengamos unidos entre nosotros por su amor. En este domingo donde oramos por la familia, las lecturas bíblicas nos llaman a considerar la familia como un tesoro de amor que Dios nos regala para mantenerla unida. Ya la primera lectura del Génesis nos muestra cómo Dios pone la base de la familia al crear a Adán y Eva “a imagen y semejanza suya” (Gen 1, 26-27) poniéndolos a cargo de la creación en la cual tienen la responsabilidad de nombrar y cuidad de todas las cosas.

Dios conoce bien a su creatura, él se encarga de proporcionarle una compañía al varón; no quiere que viva solitario. Dios nos crea para que vivamos en comunión y relacionados unos con otros. Por eso, en la lógica de Jesús, aunque sea difícil la cohabitación familiar, lo central sería siempre buscar perseverar en la unidad de la familia. Lo cual nos lleva a valorar la familia y el matrimonio como una bendición querida por Dios de tal manera que: “Lo que Dios unió, que no lo separe el hombre” (Mt. 10, 9). Es el misterio de la misma unión de Dios con nosotros y dicha unidad se mantiene firme gracias a Él y a nuestra confianza en Él.-

Ante la posibilidad de divorciarse, Jesús recuerda que el plan de Dios sobre el hombre y mujer es un plan de comunión, de unidad, de perseverancia y de paciencia. Con esto él rechaza categóricamente la postura de los fariseos que consideraban que el varón tenía el permiso o el derecho para extender el divorcio a su esposa. Curiosamente, para ellos, el varón era el único, que, por cualquier motivo (la comida quemada o desabrida, el atractivo de otra mujer, etc…), podía romper el compromiso matrimonial con su esposa. Sin embargo, parecía que la esposa sólo asumía lo que él tomara como decisión. Jesús no se mezcla a estas discusiones. No se deja ni confundir con las indicaciones que Moisés había dado a la gente de su época, por la dureza de su corazón. Jesús apunta más bien a la fuerza del amor de Dios que une y que se mantiene con su misma gracia, porque sin esta gracia la tendencia humana será de dividir y de separar.

Para Jesús lo importante, en todo eso, es anteponer el proyecto de Dios: ¡tratar de salvar a la familia en la medida de lo posible! ¡Qué difícil es, en ciertos casos! ¡Pero que preciosa tarea la de jugársela por el bien de la familia! Para Jesús, hay que resaltar la igualdad del varón y de la mujer porque en su unión y su amor, los esposos tienen la gracia de darse uno al otro, como reflejo del proyecto de Dios. Y ésta es la novedad de Jesús. Marca un quiebre con el machismo y con la superficialidad de los vínculos matrimoniales entendidas desde la dominación.

Por otra parte, Jesús valora el lugar que tienen los niños en la comunidad y en la familia. Incluso asegura que la condición para ser parte del Reino de Dios, es la de llegar a ser como niños. Es así que declara fuertemente: “Dejen que los niños vengan a mí” (Mt 10, 14). Cuando los discípulos rechazan a los niños, Jesús los presenta como ejemplo para los adultos que quieren entrar en el Reino de Dios. El Reino está reservado para aquellos que, como los niños, confían, se abren y se abandonan totalmente al don del amor de Dios.

Resumiendo, en la familia o en la comunidad, así como en la vida personal, somos engendrados por el gran Amor, con que Dios nos ha creado. Por lo mismo, nosotros debemos orientarnos y movernos desde el Amor y por el Amor. Y a ejemplo de Jesús que manifestó ese amor muriendo por nosotros en la cruz, hemos de entregarnos por el bien de nuestras familias. En todo, debemos poner el amor en el primer lugar: vivir y hacerlo todo con amor…

¡Hagamos de nuestras familias un taller de amor y semillero de los valores del reino de Dios! ¡Así sea!

P. Bolivar Paluku Lukenzano, aa.