Domingo XXXIV A, CRISTO-REY DEL UNIVERSO, A

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Hoy llegamos al final del año litúrgico. Y las lecturas que hoy meditamos nos llevan a preguntarnos si hemos seguido al Señor con fidelidad en este camino de amar como Dios nos ha amado. ¿De verdad, nos hemos preocupados de ayudar a los demás, hemos sido capaces de atender a los más pequeños de nuestra sociedad? ¿Cómo estamos en la solidaridad con los hermanos y las hermanas? El Rey por excelencia reina sanando, liberando y da la misma capacidad a quienes se adhieren a Él en la fe comprometida.
El profeta Ezequiel nos presenta a Dios como un pastor que cuida de su rebaño y se preocupa de los más débiles: busca a la oveja perdida, sana a la que está herida. El salmo 22 enfatiza más esta convicción de que, teniendo al Señor como nuestro pastor, nada nos podrá faltar porque el mismo nos protege con su bondad y nos conduce hacia las aguas tranquilas.
El evangelista Mateo nos dice que el Hijo del Hombre vendrá a tomarnos un examen (en el juicio final). Confrontará nuestro compromiso con nuestro servicio a los hambrientos, a los huérfanos, a los desposeídos. Nos preguntará sobre cómo hemos cumplido nuestro deber de “amar a Dios, por sobre las cosas” y, si eso se ha demostrado en la ayuda a cualquier ser humano que se encuentre necesitado”. Cuando venga al final de los tiempos, Jesús nos pedirá cuenta (nos juzgará) con el criterio del amor fraterno: “porque tuve hambre, y me diste de comer”.
Prácticamente, hoy Jesús quiere prevenirnos a no caer en una alabanza sin compromiso. Lejos de Él, estarán todos los que solamente alaban a Dios de labios y no cumplen con el prójimo. Es el mismo Dios que vendrá a testear cómo nos hemos dejado cuestionar por las necesidades de los demás. En el compadecernos de los demás está entonces la medida de nuestra pertenencia al Reino de Dios.
Cristo reina porque ama. Y ama porque su reino es reino de amor y de justicia. Por lo tanto, el criterio del servicio es el amor. Y si, en algo alcanzamos a ayudar a los demás, que todo sea por amor: solo el amor alumbra las tinieblas y ayuda a superar todo tipo de dificultades. Cristo es Rey del universo porque se pone del lado de todos los que en el mundo la pasan mal. Todos los más pequeños de este mundo son dignos de ser atendidos, porque en ellos está Jesús que nos invita a ser generosos. El mismo Cristo que nos habla en el hermano que sufre es el mismo que nos invita entrar en su reino. La clave para entrar en ese Reino es la atención y el cariño que les brindamos a los que se encomiendan a nuestra misericordia.
Jesús que nunca abandonó a estos hermanos pequeños y necesitados, él los pone a nuestro lado como sus representantes para que le sirvamos a él a través de ellos. Jesús quiere que vivamos una fe activa, la que nos lleva a profundizar nuestros vínculos de fraternidad.
En fin, “en el atardecer de nuestra vida seremos juzgados sobre el amor” (Juan de la Cruz); el amor expresado en obras concretas de atención y de ayuda a los hermanos y hermanas. ¡Que Dios nos mueva a no cerrar los ojos y el corazón a quien necesita de nuestra ayuda! ¡Así sea, amén!

P. Bolivar Paluku Lukenzano