III Domingo, TO, B: ¡A convertirse cada día al reino de Dios!

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Jesús nos hace una gran  invitación: “El tiempo se ha cumplido. Conviértanse y crean  en  el Evangelio” (Mc 1, 14-20).

Dos ideas en la Palabra de Dios: 1- Habla Jesús de su tiempo, tiempo de salvación. Tiempo de gracia. Es tiempo de plenitud porque el reino de Dios está cerca de su pueblo. 2- Jesús llama a convertirse, es decir a tornarse hacia Dios, volcarse a los valores del Reino.

Así como  los ninivitas fueron llamados a la conversión  ante la predicación amenazante de Jonás (Jon 3, 1-5,10) e hicieron penitencia para manifestar su arrepentimiento, hoy Jesús, según el evangelio de Marcos (1, 14-20), comienza su predicación en Galilea anunciando el Reino e invitando a la conversión: “Conviértanse y crean en el Evangelio”. San  Pablo, en la segunda lectura (1Cor 7,29-31) nos señala que una verdadera conversión  tiene  sus consecuencias, ya que  quien  se convierte de verdad vive con la conciencia de que su vida tiene un destino que se extiende a la eternidad de Dios porque la apariencia de este mundo pasa.

¿Por qué Dios quiere que alcancemos la conversión? Porque  Dios nos ama  y quiere que vivamos  felices y plenos, Él quiere que cada uno de sus hijas e hijas se convierta y tenga vida eterna.

 

Y,  ¿qué significa convertirse? Convertirse significa dejar el camino equivocado de una felicidad aparente y enderezar los pasos hacia el camino del bien, de la verdad y de la plenitud. Esto es lo que hicieron los ninivitas cuando Jonás predicó en su ciudad la destrucción a causa de su mala conducta. Esto es lo que hicieron igualmente Pedro y Andrés, Santiago y Juan cuando Jesús les llamó a su seguimiento: dejando el camino en el que se encontraban, siguieron a Jesús: el camino, la verdad y la vida.

En la vida de la Iglesia, el sacramento del bautismo es el lugar de la conversión primera y fundamental; pero la llamada de Cristo a la conversión, a impulsos de la gracia, sigue resonando en la vida de los cristianos, como tarea ininterrumpida de penitencia y renovación. (cf. CIC 1427-1428).

Además,  la conversión es una llamada y una respuesta. Dios nos llama a convertirnos y cada uno responde con la conversión, gracias al don de la fe. Cuando tenemos fe en Dios, nos convertimos y  vivimos la nueva experiencia de vivir orientados hacia Dios.

En toda experiencia de conversión, es importante la fe en Dios. La fe resguarda la conversión y la acompaña para que el convertido llegue a dar buenos frutos con  su conducta en  la vida de todos los días. Cuando no hay fe, la aparente conversión  solo es un sentimiento del momento que no tiene profundidad.

Sin embargo, cuando la conversión se funda en la fe y es acompañada por la misma, entonces lo más natural es que culmine con el seguimiento: seguir pisando las mismas huellas de Cristo en el camino de la vida. En tiempo de Jesús, eran los discípulos los que escogían a su rabino o maestro; Jesús hace lo contrario: es él quien elige, llama y dice a su elegido: siga mis pasos, camina tras mis huellas. Así serás mi verdadero discípulo.

Escuchemos a Jesús que nos dice “conviértete” y crea en  el evangelio; comprométete con el prójimo, no busque tanto tu propio interés, vuelve tus ojos a Dios, viva agradecido y comparte lo que has recibido… Sigue a Jesús, elije la vida y cimenta tus proyectos sobre Dios que te ama y te quiere feliz; haz que otros sean  tan  felices como tú…. cumple con tus promesas, aléjate de las mentiras y del odio;  trabaja por el bien  común;  perdona sin  cesar;  ayuda sin esperar nada a cambio…

Gracias Señor por llamarnos a tu reino de justicia, paz y verdad…  ¡Gracias por la vida que nos das como “tiempo favorable” de conversión! ¡Gracias, Señor, gracias!

P. Bolivar Paluku Lukenzano,aa.