Jueves Santo

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Hoy es un día especial: tres acontecimientos están al centro de esta celebración: a) la cena del Señor (institución del sacrificio de la misa: Eucaristía) b) institución del sacerdocio ministerial; c) el servicio de la caridad fraterna: “todos, estamos llamados a servir los unos a los otros tan sólo por amor”, porque donde hay amor y caridad ahí también  Dios está.

Esta tarde-noche celebramos el acto de amor que hizo Jesús para que se cumpliera  nuestra salvación. El nos dio su cuerpo para comer y su sangre para beber para que vivamos eternamente.  ¿Cómo no alegrarnos si Dios nos ama y todos los días – cuando celebramos la misa- Él nos manifiesta su amor gratuito?

En esta tarde, más que nunca, reconocemos el amor de Dios que se hace aún más visible, cuando Jesús nos dice por medio del sacerdote: “Este es mi cuerpo, tomen  y coman; este es el cáliz de mi sangre, tomen y beban…Hagan esto en memoria mía”. Esta memoria que se hace presencia es lo que llamamos la cena pascual: cena en la cual Jesús se hace pan y vino para todos, para que tengamos vida en Él (san  Juan).

La1a  lectura del Éxodo nos invita a recordar las fiestas del pueblo hebreo, las fiestas pascuales en la que se ofrecía sacrificio de cabrito o cordero, cuya sangre servía para marcar las puertas y que protegía de cualquier mal.  Y la misma noche hacía unos asados: “esta misma noche comerán carne asada al fuego con pan sin levadura” (Ex 12, 11ss).

La celebración  de la misa que realizamos frecuentemente (diariamente) es un volver vivir este sacrificio que Jesús hizo, ya no con carne ni sangre de animal (como en  los sacrificios antiguos), sino con la propia sangre de Jesús: “esta es mi sangre”, mi vida entregada por la salvación de todos. San Pablo en la 1ª carta a los Corintios11, 23-26 nos lleva a contemplar el misterio de salvación que encierran  el cuerpo y la sangre de Cristo: “el Señor Jesús en la noche en  que iba a ser entregado tomó pan, y pronto pronunciando la bendición, lo partió y dijo: “este es mi cuerpo, que se entrega por vosotros…” lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: “este es el cáliz de mi sangre”.

Jesús, en efecto,  elige la celebración  de la pascua judía para instituir  una nueva: su Pascua, en la que El es el verdadero cordero inmolado sin defecto y consumido por la salvación del mundo y que guarda para la vida eterna…

Desde el momento en  que Jesús se sienta con  los suyos a la mesa, se inicia el nuevo rito. La Eucaristía es pan vivo que da vida eterna a los hombres y mujeres (Jn 6,51), porque es el memorial de la muerte de Cristo, porque es su cuerpo entregado en sacrificio, y es su sangre derramada para el perdón de los pecados.

En el sacrificio de Jesús se sella la Nueva alianza. Por la sangre de Cristo, Dios salva a su pueblo limpiándole de toda mancha. Jesús nos redime y nos da vida nueva. Gracias a su cuerpo y a su sangre, mantenemos en nosotros la prenda de la vida eterna.  Y, nuestro cuerpo, con sus debilidades, al alimentarse con el cuerpo de Jesús, adquiere fortaleza eterna.

Al lavar los pies a sus apóstoles, Jesús, el Sumo Sacerdote, les recuerda  lo que ellos tienen que hacer los unos a los otros. Nos muestra cuál es el camino de vivir la generosidad y la solidaridad con los demás.

Felices, somos todos nosotros porque tenemos el pan de la vida. Y cada vez que celebramos la misa, nos abrimos a la comunión con todos los que creen en Cristo… El nos invita a ser servidores de los demás, es decir, a lavarnos los pies unos a otros, a comprendernos, a entendernos, a ser generosos, a perdonarnos sin límite. Estamos invitados a comer del mismo pan y a beber del mismo cáliz, lo cual nos compromete a vivir en  comunión con Cristo y con nuestros semejantes, sin importar su color político ni su modo de ser diferente al nuestro. Que su amor nos impulse a servir con alegría en todos los momentos de nuestra vida. Amén.

P. Bolivar Paluku, aa

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