Domingo III, Pascua B: ¡Quiera Dios que la paz esté con todos! ¡Sembrémosla!

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En este domingo, la aparición de Cristo resucitado y el testimonio de los discípulos continúan dando que hablar.
Por un lado, la primera lectura nos presenta a Pedro proclamando la verdad de Jesús, el anunciado por los profetas y que llegó a salvar a los hombres, pero que éstos mataron. Obvio que Dios lo resucitó y, por Él nos ha regalado la vida eterna y la esperanza de la resurrección. En Jesús, “Dios cumplió lo que había anunciado por medio de los profetas que el Mesías debía padecer” (Hch 3, 13-15, 17ss). Con Él, ¡venzamos el odio y la violencia de los asesinatos y de las guerras que no llevan a ningún lado sino al dolor sin fin!
En Jesucristo se ha cumplido las promesas que Dios había hecho a nuestros antepasados. Es signo de que Dios no olvida a los suyos. Todo sea por el amor que Él nos tiene. Conocerlo y creer en Él es también convencerse de que Él ha vencido y que con Él seguiremos saliendo adelante…
Por otro lado, la duda y el miedo de los discípulos siguen siendo tema de reflexión para nosotros hoy. Los que con tanto entusiasmo siguieron a Jesús quedan sin palabra ante su repentina aparición. Les falta paz y serenidad. Él, como siempre, entrega su paz: “La paz esté ustedes”. Y les pregunta: “¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean” (Lc24, 35ss).
Los discípulos que estaban inquietos y turbados reciben la confirmación y la explicación clara de lo que significó el paso de Jesús en sus vidas. Hoy, hay cosas y decisiones nefastas que no llegamos a entender. Hay cosas que a la vez nos atemorizan. Mucha falta hace que nos abramos realmente a la presencia de Cristo resucitado en los acontecimientos y en las personas que nos rodean que nos siguen revelando el querer de Dios y sus promesas.
Somos creyentes y testigos de Cristo. Vivimos de Él. Con Él queremos construir un mundo mejor. En Él queremos ser mejores personas. Queremos ser “testigos de fe en Cristo, en el corazón de la vida”. ¡Queremos que su paz habite en nosotros y nuestro mundo! ¿Conocemos lo suficiente a Jesucristo? ¿Reconocemos sus heridas abiertas que sangran en Siria, en Venezuela, en RD Congo, en Sudán, en el Yemen, etc., en tantos pueblos oprimidos, por los martirizados por los narcotraficantes en nuestros barrios desprotegidos y necesitan ser sanadas con nuestro compromiso? ¿Qué podemos hacer para cicatrizar estas heridas con la esperanza que nos da el Resucitado vencedor de la injusticia y de la muerte? ¿Quejarnos? ¡No basta! ¡Construyamos en el día a día una cultura de paz desde el proceder y el trato con los demás y con la naturaleza! ¡Solidaricemos realmente con quienes sufren!

El resucitado solicita hoy de nuestra fe: ¡que nada ni nadie nos detenga ni nos aparte de Él a la hora de defender la verdad y la justicia! ¡Que en Él nuestra vivencia sea esperanzadora para quienes vacilan y pierden el rumbo de su existencia! ¡Que tu paz, Señor, habite en nuestras mentes e inteligencias!

P. Bolivar PALUKU LUKENZANO, aa.