Solemnidad del CORPUS CHRISTI, B

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Celebramos la fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo, conocida como la fiesta del Corpus Christi. Es un hecho central de nuestra fe cristiana. El misterio del cuerpo y Sangre de Cristo resume y, a la vez, renueva la alianza que Dios ha hecho con nosotros, su pueblo. En cada Eucaristía vivimos este intercambio o encuentro de Dios con los hombres y mujeres. La fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo es la conmemoración del Sacrificio que Jesucristo hizo para salvarnos; el mismo sacrificio en el que Cristo se nos ofrece como el alimento de la vida eterna al decir: “Tomen y coman esto es mi cuerpo; tomen y beban este es el cáliz de mi sangre”. Al mismo tiempo que se nos entrega totalmente, Jesús une a los cristianos por medio de la comunión a su cuerpo y sangre.

En esta cena del Señor- sacramento de la Eucaristía- somos conducidos a vivir en el amor y en la unidad divina. Somos llamados a comulgar al cuerpo de Cristo comprometiéndonos a vivir en comunión con nuestros semejantes.

En la primera lectura, el libro del Éxodo (24, 3-8) recuerda el sacrificio de la antigua alianza. Pone en escena a Moisés como intermediario entre Dios y su pueblo que Él se ha elegido para salvarlo. Para celebrar esta alianza, vínculo de amor, Moisés realiza un sacrificio de sangre en el monte Sinaí donde sella el consentimiento que, él y su pueblo manifiestan a Dios, y aceptan cumplir los mandamientos divinos: “Moisés se levantó temprano y edificó un altar… mandó algunos jóvenes a ofrecer al Señor holocaustos, y vacas como sacrificio de comunión… tomó sangre diciendo: Esta es la sangre de la alianza que hace el Señor con ustedes, sobre todos los mandatos” (cf. Ex. 24, 3-8).  En esta misma línea, el salmo 115 resuena como una alabanza a “la copa de la salvación” alzada invocando el nombre del Señor.

En el nuevo testamento es Cristo, el “Sumo Sacerdote” quien renueva esta alianza ofreciendo su propia sangre en sacrificio”(Hb 9, 11ss) para la “liberación eterna y la purificación de nuestra consciencia” (Id.). Cristo es quien nos alimenta con su cuerpo y su sangre. Él es “Mediador de una Nueva Alianza entre Dios y los hombres” (Heb 9).  En Él somos liberados, purificados, alimentados y saciados para la vida eterna.

En efecto, mientras celebraba la Pascua con sus discípulos, Jesús nos invitó a comer su cuerpo (ver Marcos 14, 12-16. 22-26), como quien nos pide recibirlo enteramente con sus sentimientos, su divinidad, “sus pensamientos” (Filipenses 2, 5).  Esto nos entrena a reconocer su presencia en nuestro interior y en nuestros semejantes.

Al darnos a beber su sangre, Jesús nos ofrece una bebida de salvación. Tal es que, en cada Eucaristía, en cada misa hacemos el memorial de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Revivimos su Pascua, su entrega de amor y, nos unimos a su obra de redención. A la vez, la eucaristía- cena del Señor- nos unifica en un solo cuerpo cuya cabeza es Cristo (1Cor.11, 3; 1Cor 12, 12-27).-

Por tanto, si comemos del mismo pan y bebemos del mismo cáliz, formamos un solo cuerpo en Cristo (1Cor. 10).

Que la comunión al cuerpo y sangre de Cristo nos renueven y nos mantengan unidos a Dios, a nuestros semejantes y a la armonía con el universo. Al alimentarnos de Él, recibamos la fuerza y la luz necesaria para reconocer la presencia viva de Cristo en medio nuestro, en los pobres y los pequeños de nuestro mundo cuya carne sufriente revela el sacrificio cruente del crucificado entregado por amor a nosotros.

P. Bolivar Paluku aa.